“Gabrielle”

Gabrielle

Han estado sonando los relojes mientras el cielo se oscurecía. Bandadas de pájaros ensombreciendo por un momento los toldos todavía extendidos sobre las terrazas.
El hombre estaba sentado frente a las flores arrancadas. Pensaba en ella. A su espalda, la mujer se apoyaba en la barandilla blanca mordisqueando con deleite un hueso de albaricoque. Llevaba un vestido color verde agua y una rebeca negra con un botón dorado. Miraba al otro lado de las vías, hacia el andén desierto. Cuando cruzó el tren de las dos y treinta y cuatro la barandilla vibró unos instantes y la mujer dejó de mirar.
Antes de entrar en el apartamento rozó con los dedos la nuca de él, hundida en la vieja chaqueta marrón. Después escondió los restos del hueso de albaricoque en un pañuelo de hilo que guardó en su bolsillo. Su retrato con la blusa de seda azul, el pelo muy negro y el largo collar, pintado nueve años atrás, presidía el comedor. Ella vio su maleta junto a la vitrina, la funda de las gafas de él encima de la mesa de vidrio, el álbum de fotos de tapas descoloridas. Una ráfaga de aire frío esparció el polvo acumulado sobre los muebles cubiertos. Pobre Julián, pensó sin lástima. Sí, pobre, pobre Julián.
En ese momento él se inclinaba hacia adelante en el sillón, las piernas rígidas como un anciano. Extendió una mano titubeante hacia los pétalos ya marchitos de una azalea rota. Sus dedos quedaron atrapados en el círculo de la última luz, y las dos alianzas brillaron en su mano izquierda.
En el dormitorio, la mujer contemplaba sus inútiles trajes colgados, el abrigo blanco que vistiera un 26 de marzo, la tarde en que subió al tren donde conocería a Henry. Ahora, frente al espejo, ha intentado espiar en su cara la sequedad que nota en los labios. Henry los había besado ya ese primer día, temblando los dos bajo el túnel en el tren detenido.
—Hemos llegado a la frontera —le oyó decir entonces.
Hacía apenas unas horas que se habían conocido pero era como si siempre hubieran sabido el uno del otro, como si no hubieran dejado de esperarse.
—Me llamo Gabrielle —dijo ella.
—Gabrielle-de-lune-et-des-fôrets —susurró él sobre sus labios.
—Estoy casada, mi hija está en un sanatorio mental de Montpellier… Tengo treinta y dos años, soy mayor que tú.
Estaba desnuda, tumbada en la cama de la habitación del hotel que iba a ser su lugar de encuentro cada dos semanas, las paredes pobladas de pequeños mensajes, poemas y dibujos. Le contó que su marido era técnico en ortopedia, un hombre trabajador al que le horrorizaban las arañas y los actos sociales. Un hombre al que no amaba, que le regalaba flores cada domingo. Un padre inestable para Solange, a quien nunca iba a visitar porque no podia con la nostalgia.
Él la escuchaba con una sonrisa floja, como un nudo de corbata mal hecho o un cuadro torcido en una pared impoluta. Más tarde, abrió la ventana mientras ella dormía. Contempló sus pequeños homóplatos, la curva de sus nalgas, la cicatriz blanquecina de su rodilla izquierda. Abrió el bolso negro que había quedado sobre el tocador. Fumó un par de cigarrillos antes de acostarse. Le pareció que la piel de ella emanaba un leve olor a mar, como si se hallara tumbado junto a un manojo de líquenes.
Cada dos lunes ella despedía a Julián agitando la mano antes de subir al tren. Ese día él regresaba antes de la tienda, llegaba justo para verla terminar de vestirse y pintarse los labios con prisa ante el espejo de la entrada. A menudo ella olvidaba comprar los bombones para Solange y era él quien lo hacía. Los escondía en el armario hasta que ella estaba lista para marchar. En el vagón Gabrielle colocaba la caja envuelta en papel transparente sobre la rejilla de equipajes, y en más de una ocasión se la allí dejó olvidada. El viaje se transformaba en una anticipación de los momentos que viviría horas después junto a Henry: la antigua estación, el café con mesas de mármol donde se citaban, el lento paseo hasta el hotel bordeando el río. Del tiempo inmenso en la habitación cerrada.
—Ya no quiero nada más, nunca pediré nada más —musitaba ella enredada en su cuerpo—. Tú eres todo lo que deseo y todo me ha sido concedido.
Un amanecer comieron albaricoques sentados en la cama mientras escuchaban canciones de amor en la radio.
—No sé nada de ti —dijo ella—. No sé a qué te dedicas ni dónde vives. ¿Eres inglés? Tienes un poco de acento. Sé que te gustan las lociones fuertes, los trajes oscuros, el wisky de malta. Que siempre llevas los zapatos impecables y te tocas la mejilla cuando estás pensativo.
—No necesitas saber más —dijo él—. Estoy contigo, nos divertimos juntos sin complicaciones. No hay nada mejor.
—Pero tú no eres un hombre cualquiera, no eres un ser vulgar, sé que te haces preguntas acerca del mundo, que te preocupa la política, que te dedicarás a una profesión interesante…
—No me hago muchas preguntas, vivo el momento, no quiero problemas.
Ella acalló sus ansias de debatir. Cuando Julián dormía, muchas noches se quedaba escribiendo durante horas en un cuaderno. Plasmaba en él pensamientos, sus lecturas preferidas, todo aquello que imaginaba. Era una vida secreta que no compartía con nadie, una vida más real e intensa que la otra.
El amor es estúpido, pensó.
Una tarde esperó a Henry hasta que el café cerró y la estación se quedó vacía. Fue hasta el hotel pegándose al muro en una marcha ciega, los faldones del abrigo agitándose como asustadizas alas de cuervo. Le esperó durante horas a oscuras en la habitación, el aire de nieve helándole los párpados. No había visitado a Solange, recordó de pronto, no había tenido un solo pensamiento para su hija. Dirigió su mirada hacia la cómoda y vio brillar en la penumbra el envoltorio plateado: la caja de bombones descansaba intacta junto a los guantes. Se sentó en el borde de la cama y empezó a comérselos sin gozo, en un festejo solitario y amargo, veintitrés bocados de chocolate con licor y frambuesas. Mientras, ahí estaban las imágenes perdidas: la cara de Solange extrañamente envejecida, sus pies deformes, sus ojos húmedos y bobos, sus gritos. El tartamudeo de Julián al poco tiempo de nacer la niña, su confesión ebria y su disculpa.
Descalza, con el cabello suelto enredándosele alrededor de los brazos, salió al amanecer y caminó sonámbula hasta llegar al río. El agua era negra, espesa y lisa. Para ella una superficie acogedora, una puerta cerrada. En el ultimo instante, el agua alcanzando sus labios, revivió una escena perdida en su recuerdo: La tarde en que descubrió a su madre, de espaldas e inmóvil, a la entrada de un bosque en la ciudad alemana de Ulm a orillas del Danubio. Ella tendría siete años. Al tocar su brazo la piel de su madre le pareció viscosa y desagradable, y también su cara era otra cuando se volvió hacia ella. La figura protectora podia representar la cuna del terror, aprendió ese día.
Un intenso dolor le hizo volver en sí. A la altura de su garganta un hilo caliente se confundía con el agua inmóvil dibujando diminutas caras femeninas como velas prendidas. Muy despacio, de las profundidades comenzó a emerger una garra de cristal de uno de cuyos extremos oscilaba una lágrima tallada en rojo. Gabrielle ya no experimentaba ningún dolor. Conforme avanzaba hacia la orilla una felicidad desconocida, inmensa y fría traspasó su corazón.
—Soy el enigma, la llave de oro, la sabia serpiente, la vengadora —susurró

Cuento: “En un jardín alemán”

CuentoJardin.jpgEl Europa-Rosarium es el rosedal más grande del mundo, está en Alemania y fue creado en 1903. Allí hay miles de rosas de todos los tamaños, formas y colores, rosas europeas, la rosa perpetua de China, rosas salvajes… Sus nombres son rosa damascena, rosa rugosa, rosa Alba, rosa de té, rosa virginiana, rosa eglanteria… En este hermoso jardín viven unos seres diminutos que se refugian en las corolas amarillas, blancas, rosas, rojas, azules y violetas de las flores. Son seres bellos y frágiles con un olfato y un oído extraordinarios y cuerpo de cristal. Si caminamos en silencio por los senderos del jardín podemos oír el tintineo de cristal cuando sacuden su larga cabellera o ascienden por los tallos hasta su casa. Se denominan hellstrons y pueden leer los pensamientos de los niños. A las niñas hellstron les gusta mucho la música y, cuando la ciudad duerme, se deslizan por los tallos de las rosas y crean música con las espinas. Son presumidas y se fabrican vestidos con los pétalos que caen sobre la hierba los días de viento. A las rosas les encanta tener huéspedes, en verano el cristal de los cuerpecitos de los hellstrons les ayuda a refrescarse y en invierno acumulan el tibio calor del sol y de la tierra.
Por los alrededores del jardín cruzan carruajes de caballos para los turistas que se cansan de visitar la ciudad a pie. Es un lugar de artistas y los hellstrons nunca se aburren, desde sus escondites pueden ver y escuchar a los músicos, poetas y pintores. El jardín lo cuida un jardinero llamado Half. Es un hombre muy alto y delgado, de gran cabeza, que tiene manos mágicas. Vive en una cabaña al fondo del jardín desde cuyas ventanas vigila la calma y el sueño de las flores mientras cena. Es el único que puede hablar con los hellstrons porque entiende su lenguaje y posee un oído muy fino. A la hora de intercambiar secretos, Half sabe que los hellstrons eligen las rosas rojas. Para hablar de viajes, las amarillas. De perfumes, las blancas. El jardinero conoce a cada una de ellas, sabe sus nombres, su número de hojas y pétalos, y distingue sus diferentes aromas. Si los niños de la ciudad o los niños de paso se inclinan sobre ellas para olerlas, suelen pensar que todas son idénticas. Pero los niños hellstron saben que no es así, porque son los encargados de elegir los perfumes que luego se introducen en frascos de cristal. Los pájaros que viven en los árboles del jardín transportan al atardecer las esencias que los hellstrons les entregan en caracolas de mar. Muy pocos niños saben que cuando los pájaros vuelan es porque transportan perfumes de un lado a otro del cielo.
Una mañana llegó a la ciudad una niña extranjera llamada Ghaaliya. Es una niña caprichosa que tiene muchos juguetes y vestidos pero que constantemente se aburre y necesita novedades y misterio. Carece de hermanos o niños de su edad con los que jugar. Conoce varios idiomas y cada noche su doncella le lee libros de historias románticas mientras ella se contempla en el espejo hasta que acude el sueño. Las historias de los libros hacen que la niña imagine lo que podría vivir si no fuera quien es, la hija de un hombre importante y solitario llamado Gaayun.
La misma noche de su llegada la doncella se dispone a leer un libro en alemán y el aroma procedente del jardín de rosas la distrae y le hace tartamudear. Están en el mejor hotel de la ciudad, en la habitación más elegante, rodeadas de espejos y cajas de bombones de bienvenida. Y encima de la cama hay un vestido nuevo para Ghaalliya enviado por su padre desde Egipto.
—Prefiero quedarme sola, Ebediyet —le dice la niña a la doncella.
Ebediyet se retira a la habitación contigua comprobando previamente que todo esté dispuesto para la noche: la camisa de dormir de la niña, el jabón de miel para el baño, la jarra de agua en la mesita, las velas… Otras veces, al quedarse sola, Ghaaliya se distrae probándose pelucas y vestidos imaginándose que escapa por el balcón o la ventana. Ahora, el aroma que entra por el balcón abierto hace que no pueda divertirse con nada. A través de la cerradura de la puerta que comunica con el cuarto de Ebediyet comprueba que esta está dormida y decide ponerse una larga túnica de seda y babuchas turcas de noche. Desde el balcón salta al patio de piedra del hotel procurando no hacer ruido ni ser vista.
Cruza la calle oscura y se adentra en el jardín. El sonido de sus babuchas hace que Half se despierte. Ghaaliya camina sin preocuparse de no pisar las flores, lo que provoca que el jardinero salga de su cabaña en pijama para detenerla.
—¡No des un paso más, niña, no puedes hacer eso! —dice intentando no alzar la voz mientras se dirige a grandes zancadas hacia Gaaliya.
—¿Tú quién eres? —le pregunta ella con altanería.
—Soy el jardinero, el cuidador y protector de esta maravilla.
—Pues yo soy Ghaaliya, hija de Gaayun.
—No te conozco, ni tampoco a tu familia… Seas quien seas, que a mí me da lo mismo, no puedes estar aquí a estas horas.
—¿Y eso por qué?
—¡Habla más bajo!… Tanto las rosas como sus invitados descansan, son horas para descansar, ¿no lo sabes?, aquí todos nos levantamos al amanecer.
—Si eres el jardinero córtame un gran ramo con las mejores rosas y haz que me lo envíen a mi habitación.
—Eres una insolente y, perdóname, puede que no demasiado inteligente. Las rosas viven aquí y nadie las corta ni va a cortarlas nunca. Esta no es tu casa.
En ese momento empieza a escucharse una música de cristal proveniente de uno de los rosales. Con cuidado, Ghaaliya se acerca a las rosas y se inclina sobre las corolas. Bajo la luz de la luna contempla lo que le parecen unas tambaleantes y diminutas gotas de agua. Acaricia con delicadeza una de las gotas y comprueba que es igual a los botones de un vestido de fiesta, a la piedra preciosa de su anillo o a las hebillas de sus babuchas.
—¡Eh, un poco más de cuidado! —le dice el hellstron, porque esa gota es un niño hellstron que estaba durmiendo.
—Lo siento, no sabía que estuvieras ahí, no sé quién eres.
—Ni yo quién eres tú… Por las noches no me gusta mantener conversaciones porque tengo demasiado sueño, te pido me disculpes.
—Nunca pensé que las gotas de agua hablaran —le dice Ghaaliya a Half en un murmullo.
—En este jardín hay muchos secretos y nadie más que yo los conoce, por eso soy su guardián, lo que es parecido a un centinela, un vigilante…
—Ya he comprendido. ¿Puedo venir a visitarte otro día? No por la noche, me refiero.
—Cuando quieras, yo vivo aquí.
—¿Siempre vives aquí?
—Claro, no voy a cambiar de hogar cada día.
—Yo sí lo hago, cuando deshacen mis maletas tienen que empezar de nuevo a llenarlas, es así constantemente.
—¿Tú no sabes hacer tus maletas?
—No lo he probado nunca, de eso se encarga Ebediyet.
—¿Y esa quién es?
—Mi doncella…. Y algo parecido a un centinela también.
—¿Ella también te viste, te lava el pelo, te lleva la comida y te mete en la cama? Ha de ser un agobio…
—Tienes razón, es muy agobiante, por eso en ocasiones me escapo.
—Si vivieras aquí en la cabaña verías las rosas y las estrellas, los pájaros, el sol y la luna, a los visitantes que vienen a contemplar el jardín y a los artistas que instalan sus caballetes. Te garantizo que no te aburrirías.
—¿Es un hellstron con quien antes he hablado?
—Exactamente, viven en todas las rosas. Hasta ahora solo yo podía hablar con ellos.
—Me gustaría quedarme un tiempo, aunque creo que mi padre se enfadaría. Y Ebediyet no podría acompañarme, no está acostumbrada a espacios pequeños, le dan ahogos… Es claustrofóbica, ahora mismo no podría estar aquí con nosotros, su habitación del hotel es el doble que este jardín.
—Entonces está muy mal acostumbrada.
—Quizá…
—Ven, entra, no nos quedemos hablando el resto de la noche a la intemperie —dice Half invitando a Ghaaliya a seguirle.
En el interior de la cabaña el jardinero pone agua a hervir en una tetera roja. Han de moverse un poco inclinados, especialmente Half, porque el techo es bajo y ellos los dos son altos.
—Probarás mi exquisito té de canela y vainilla —dice él—. Me alegra mucho que seas mi invitada.
Ghaaliya inspecciona atentamente el interior de la casa. Está llena de libros, cuadros de colores, frascos de cristal tallado, nidos de pájaro, cajas de cartón con postales antiguas de la ciudad. Hay cestos de mimbre con diminutas partituras de los hellstrons y lupas para poder leerlas. En la mesita junto al diván Ghaaliya ve un cesto de mimbre vacío de color amarillo.
—¿Para qué es? —le pregunta a Half.
—Es donde mi cabeza descansa por las noches. Al oírte en el jardín he tenido que ponérmela muy rápido para no asustarte, estaba francamente dormida, sí, hoy había cogido el sueño enseguida —explica el jardinero.
—No tenías de qué preocuparte, a mí no me asustan los hombres sin cabeza. Yo nunca he podido quitármela, ahora que lo pienso…
—Se descansa una barbaridad y de ese modo nada pesa sobre los hombros. De pequeño descubrí que podía hacerlo y a veces me sentaba a descansar al borde del camino y dejaba la cabeza sobre la hierba. Una tarde se llenó de mariposas.
La cabaña se había inundado del aroma dulzón del té. Half sirve las dos tazas y toma asiento a la mesa frente a Ghaaliya. Los dos beben en silencio. La niña se quita las babuchas de noche y apoya los pies sobre la tibia y rugosa madera.
—Qué confortable vivir sin nadie que esté pendiente de ti constantemente —dice Ghaaliya como para sí misma.
Al terminar la frase siente un leve cosquilleo en la nariz y la cara del jardinero va alejándose y alejándose conforme las paredes de la sala se alargan hasta el horizonte en una noria de colores…
—Feliz viaje, Ghaaliya —susurra Half dejando su taza de té sobre la mesa.
Consultando un reloj de pared con manecillas en forma de pájaro, traslada en brazos a la niña hasta el diván y la cubre con una manta. Entonces se sacude la pelusilla de las solapas y se desprende de la cabeza, que coloca con suavidad en el interior del cesto amarillo.
Ghaaliya camina por un amplio sendero en medio del campo. El paisaje que va dejando atrás se cierra a su espalda en un haz de matorrales que parecen crecer en el hueco que deja la huella de sus pies. Se ve empujada por las ramas para seguir caminando sin detenerse hacia adelante, hacia adelante… De repente junto a ella hay un carromato tirado por un caballo negro. Un campesino barbudo y con sombrero la invita a subir en ademán silencioso. Ghaaliya se acomoda en la parte de atrás del carromato y este reanuda, veloz, la marcha. Al levantar la mirada descubre a un niño moreno de camisa blanca sentado sobre un montón de heno, y a dos corderos pequeños, el uno blanco y el otro negro. El niño mira a Ghaaliya sin hablar, con un deje de ironía en sus ojos oscuros y enormes, mientras acaricia la aterciopelada piel de un melocotón. Si alargara un brazo la niña podría tocar la maleza que les engulle conforme avanzan. Parece que nos adentremos hacia el infinito bajo un palio de apretadas hojas, piensa, porque Gaaliya es una niña culta a quien le han leído muchos cuentos e historias desde la cuna.
—Adónde vamos? —pregunta.
—Ya lo verás —responde el niño mordiendo el melocotón. Ghaaliya observa la suave carne anaranjada de la fruta y desvía la mirada aparentando indiferencia.
—¿No te acuerdas de mí, Ghaaliya? Soy Gustav… —dice el niño.
—Nunca te había visto antes…Tampoco ahora te estoy mirando —afirma ella arqueando las cejas y dirigiendo sus palabras hacia el bosque que les envuelve.
El campesino detiene el carromato. Gustav coge en brazos al cordero blanco y desciende ágilmente. Ghaaliya duda un instante pero también desciende. Sacude los pies helados contra el suelo húmedo y se da cuenta de que está descalza. Una brizna de hierba se clava entre sus dedos, se inclina para arrancársela. El cordero negro bala lastimosamente.
—Cógelo —le dice Gustav—. Hemos de darnos prisa.
—¿Cómo voy a cogerlo? Me manchará mi túnica de seda —señala Ghaaliya.
—No va a mancharte, no tenemos tiempo que perder.
Ghaaliya coge en brazos al cordero, que de inmediato se tranquiliza apoyando su cabeza en el hueco del brazo de la niña. Gustav ha empezado a ascender por la montaña y Gaaliya va tras él con dificultad. El pie herido le duele muchísimo pero no estaría dispuesta a admitirlo ante nadie. El peso del cachorro es más leve y tibio de lo que pensaba, lo alza hasta su barbilla para oler su cuello.
—Hola, pequeño —le dice—. Hueles muy dulce, como a canela y vainilla…
Asciende montaña arriba arañándose las piernas con las ortigas, clavándose en la planta de los pies los guijarros que se desprenden de las piedras, pisando las ramas quebradas de los árboles. Adelanta a Gustav y, ya en la cima, una zarza le clava sus espinas en la mejilla. Despeinada, con la respiración agitada, vuelve su cara hacia él y un hilo de sangre le resbala hasta la garganta. La túnica de seda aletea sonoramente en torno a su cuerpo al ritmo del viento.
Gustav deposita su blanca carga en el suelo y Ghaaliya hace lo mismo con la suya sin apartar los ojos de los de él.
—¿Ahora empiezas a recordar? —pregunta Gustav.
—Creo que… —empieza a decir ella interrumpiéndose al escuchar el bramido de un trueno.
Espantados, los animales huyen para protegerse entre los matorrales. Ghaaliya y Gustav no se mueven, la lluvia les empapa. Él la coge de la mano, ella cierra los ojos y nota el sabor de la sangre que el agua va diluyendo. No puede precisar cuánto tiempo permanece así, percibiendo el múltiple susurro de voces de cristal, notando sus brazos y sus piernas flotar en el agua negra.
Al abrir los ojos descubre un pequeño pájaro posado en su pecho, sus garras aferrándose a la túnica, horadando la seda hasta llegar a su piel. Ghaaliya percibe en ello placer y dolor a un tiempo. Un olor intenso y húmedo la envuelve, dulce y fétido a la vez, desagradable y atrayente.
—Al fin he llegado —susurra con los labios azules.

Fragmento de un Capítulo de la novela corta inédita MARIE VALENTINE

LibroEugenia
Foto: Obra de Thomas de Marsay

 

La pensión de la rue des Abesses la regentaban dos mujeres y un hombre ciego. El hombre se quedaba cuando ellas se ausentaban, cuando comían en el cuarto tras la cortina de cristal. Sus ojos eran grandes, marrones y fijos. A los clientes o a las personas que entraban a informarse les atendía acariciando el mostrador con las manos huecas, como si las deslizara por un teclado. Cuando estaba solo Valentine bajaba a hablar con él. Le gustaba que le llamaran Jimmy. Valentine se interesaba de verdad por el mundo sin luz de Jimmy, decía que iba a escribir una historia con él de protagonista.

—¿Y qué vas a escribir si no conoces nada sobre mí?

—Lo inventaré —respondía ella.

Jimmy parecía sentirse feliz, nunca se quejaba ni hablaba de sí mismo y se reía ante preguntas serias. Valentine quería saber cómo imaginaba lo que nunca había visto, porque Jimmy era ciego de nacimiento.

—Podrías tocar la trompeta, tienes la cara y la sonrisa de negro y los negros tocan la trompeta.

—¿En qué mundo vives, Valentine? Sabrá quien sepa, y yo sé lo que sé—le respondía.

—Si pudieras ver podríamos ir una noche a la ópera. Tú y yo bien vestidos.

—No me hace falta ver, pero no tengo dinero.

Ese se convirtió en su tema preferido en los momentos de silencio, cuando Valentine miraba la calle y Jimmy tecleaba en el vacío. Entonces él exclamaba de pronto:

—¿Cuándo quieres ir, eh? Porque tienes que decírmelo con algunos días de antelación para que me prepare, no vamos a improvisar.

El libro del verano: concurso

En la playa, en la piscina, en la terraza… no debe faltar Carla Basiano y el misterio de “La bruma inquieta.” La desaparición de una mujer en un pequeño pueblo costero portugués removerá el pasado y el presente, haciendo que la detective Carla Basiano y un estudiante de Periodismo vivan una investigación en la que se entrecruzan crímenes, secretos, parejas, una comunidad religiosa…

Eugenia_verano

Ha estat molt especial llegir-ho: es nota que és un llibre pensat, organitzat, estructurat i sobretot, molt personal. L’autora deixa mostrar a través dels seus personatges molt de la seva pròpia essència. I com tots els bons llibres, quan acabes de llegir-ho, totes les peces encaixen, els personatges han evolucionat i el sentiment és enriquidor” Javier Iborra. Sitges Literari

Si queréis acompañar a Carla mientras desentraña este misterio en la costa de Portugal, podéis conseguir un ejemplar de “La bruma inquieta” y llevároslo de vacaciones de forma muy fácil:

Facebook: Con un Like a la Página Eugenia Kleber Escritora 

Twitter: siguiendo a @klebereugenia

De entre todos vosotros, el 9 de Agosto haremos el sorteo y os comunicaremos quién es el ganador, entregándole el libro enseguida para que lo pueda disfrutar estas vacaciones. Cuidado, lector, una vez lo empiezas, no podrás parar hasta terminarlo…

 

CostaPortugal

Relato del próximo libro: “El Vals”

Uno de los relatos del próximo libro de Eugenia Kléber:

 

La ronde, de Max Ophüls

Yo la llamaba La Casa Negra.

Un incendio en la Academia de Baile de la primera planta había convertido la fachada en una criatura mitad marina mitad carbón.

Por dentro el piso era enteramente negro. Negro y frío. Desde la ventana de la entrada se veía una de las antiguas salas de baile. Algunas de las tablas de madera del suelo estaban cubiertas por un plástico gris.

Frente a la Casa Negra pasaban los tranvías.

—No te desanimes, pronto sabrás hablar alemán —me dijo ella.—. Debemos ser amables con los vecinos pero hay que hacer lo posible para evitar las preguntas —me ha advertido. De todas formas, no voy a comprenderlas.

La ciudad de la que escapábamos tenía montañas y tenía más luz, y también parecía más alegre. Aunque todo es relativo. A ella quizá le parecía horrible.

—¿Podré aprender a bailar? —le pregunté.

—Harás lo que desees, por eso hemos venido, para hacer lo que queramos.

Nos dormimos en la misma cama cubiertas con los abrigos. El sonido de los tranvías no nos impidió conciliar el sueño. Yo veía la silueta de mi padre sentado en su sillón marrón. Sus manos estaban iluminadas cuando inclinó el cuerpo hacia el borde de la cama apoyando los codos en las rodillas.

—Está aquí —susurré al amanecer—. Él también ha venido con nosotras.

—Duerme un poco más, Henrietta, y no pienses en esas cosas —dijo ella.

—Ha estado toda la noche aquí, mirándonos —insistí.

—¿De qué hablas?

—Papá nos ha hecho compañía.

Ella confesó que no podía ser cierto porque papá estaba muerto.

—Tú me ayudaste a atar la bolsa —me recordó.

La lengua alemana fue entrándome poco a poco. Una mañana vinieron unos hombres a colocar andamios y limpiaron la fachada. La Academia de Baile volvió a abrir y pude matricularme. Ella salía con un hombre llamado Karl y cada sábado, cuando él venía a recogerla, estrenaba un vestido. Trabajaba de encargada en unos grandes almacenes donde le hacían descuentos y tenía dos o tres amigas.

Asistí por primera vez a la fiesta de cumpleaños de una compañera de clase y le llevé como regalo una muñeca de porcelana. Tenían una colección de muñecas en la vitrina del salón. El piso era muy grande y al andar la madera del suelo crujía como en las iglesias. Mi amiga cogió mi regalo y dijo que lo pondría en su cuarto porque era especial. No resultaba tan difícil acomodarse a una nueva vida.

Una tarde, desde el aula de baile vi a papá tras la ventana. Se movía en círculos lentos como si él también estuviera danzando. Antes nunca le había visto bailar. Entre sus brazos, mecida a ritmo de vals, mamá giraba con los ojos muy abiertos, la cabeza hacia atrás, el pelo colgándole como una peluca.

RINCÓN DEL LECTOR:  ¿ Qué os ha parecido ? Os agradecería enormemente vuestras impresiones, comentarios acerca del relato. Ahora os cedo la palabra,  en el formulario que encontraréis a continuación… Entre todos los comentarios, habrá una sorpresa muy especial para uno de ellos. Ánimo!

Presentació de “La Bruma inquieta”

El dimecres 27 d’abril va tenir lloc a la Biblioteca Josep Raventós de Sitges la presentació del llibre La bruma inquieta d’Eugenia Kleber.

cartel la bruma inquieta

“A finales de los años 80 una mujer desaparece en una pequeña localidad costera portuguesa. El asesinato de un hombre poco después hará recordar un crimen ocurrido años atrás en el que la víctima fue una adolescente nórdica. En la actualidad, un estudiante de Periodismo nacido en el lugar pretende basarse en dichos sucesos para escribir una novela. Pronto empieza a comprender que existen coincidencias y vínculos con él mismo y con su propia familia. Así, lo averiguado y lo imaginado se entrecruzarán desvelando secretos que afectan a tres parejas, una comunidad religiosa, un adolescente enamorado y confuso, dos hermanos enfrentados, una joven camarera rumana y una bella y misteriosa mujer.”

Eugenia Kléber va néixer a Barcelona, on realitza estudis superiors de Filosofia, Música i Teatre. En 1981 funda el Grup Productor-Escola (Centre de Recerca del Llenguatge Cinematogràfic). Des de l’any 1986 imparteix classes de guió i realització cinematogràfica en el Centre d’Estudis Cinematogràfics de Catalunya, CECC.
En 1986 actua en el llargmetratge El Acto, d´ Héctor Faver. En 1991 és guionista del llargmetratge La memoria del agua, també d’Héctor Faver, seleccionada per al Festival de Cannes-1992, i que obté el primer premi en el Festival de Cinema Documental d’Amsterdam, en el mateix any. En 1996 dirigeix el seu primer llargmetratge Torturados por las rosas, seleccionat en festivals com al Festival Internacional de Houston, al Roma Film Festival, Festival Internacional de Figueira da Foz, Festival Internacional d’Uruguay, entre altres.
En 1997 escriu la novel·la Algo se ha roto, amb la qual obté en aquest mateix any el premi Tusquets Nuevos Narradores.
Co-guionista al costat d’Héctor Faver del llargmetratge Invocació. Seleccionat en Festivals com la 57 Biennale de Venezia, Festival Internacional de Sant Sebastià… Obté el Premi Especial Placa de Plata en el Festival Internacional Figueira da Foz, Premi al millor Guió i Premi Especial del Jurat en el Festival de Cinema d’Alcalá d’Henares.
Escriu el guió del documental Violeta Friedman, d’Héctor Faver. Resideix temporalment a París i Montréal, on treballa amb diferents grups teatrals.

Escriu la novel.la Marie Valentine. Publica la seva darrera novel.la La bruma inquieta, presentada à Sitges, Barcelona, Madrid y París.

En l’actualitat prepara la seva prepera novel·la  i una recopilació de relats.